lunes, diciembre 12, 2011

SOBRE LA CRISIS EUROPEA

EUROPA: SUPERANDO LA CRISIS ¿SIN AMÉRICA LATINA?

Héctor Casanueva

Con motivo de esta crisis, se ha criticado mucho la lentitud de la UE para tomar decisiones, ya sea de sus órganos comunes, como entre los países. Pero la evidencia histórica demuestra que con este sistema, ha logrado acuerdos irreversibles hacia una zona de paz y desarrollo como nunca en su historia. Un escritor rumano –Mircea Vasillescu- la denomina “el paraíso de las negociaciones”, y Jacques Delors solía decir que para construir la integración había que “negociar y negociar y negociar, y cuando sea ya imposible llegar a un acuerdo, hay que….seguir negociando”. La reciente Cumbre es un ejemplo de ello. El acuerdo alcanzado por los diecisiete países de la zona Euro en el marco de la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la UE, al que se sumarán a lo menos otros seis miembros de la Unión, es fruto de esa enorme capacidad de negociación y de llegar a acuerdos “in extremis”, que es ya una impronta europea, con la que se ha ido construyendo la integración del viejo continente. De esta reunión, luego de largos meses de idas y venidas -inevitable periplo político-diplomático para tomar decisiones en una zona integrada con instituciones parcialmente supranacionales- la UE logra afianzar y profundizar el proceso avanzando hacia más integración, con mayor disciplina comunitaria y reforzamiento de la capacidad de las instituciones comunes, para hacer cumplir los compromisos. Un paso más hacia la real Unión Política que los líderes históricos propusieron.

Es sintomático que el primer ministro británico ha sido objeto de fuertes críticas dentro del Reino Unido, por restarse al acuerdo por el Euro y la gobernabilidad económico-financiera. Si bien ello no influye en lo específico, pues no forman parte de la zona Euro, la reticencia británica –por lo demás habitual, como apuntó Merkel- en esta ocasión implica para Gran Bretaña un serio riesgo de quedar fuera de un proceso que sigue avanzando, con socios fuertemente cohesionados y dispuestos a profundizar la integración con más supranacionalidad.

Otro aspecto a destacar, en este contexto, es la firma de la incorporación de Croacia, y el examen de las candidaturas de Serbia y Montenegro, además de la antigua pero más complicada de Turquía. Porque nadie quiere entrar a una asociación si se está derrumbando.

También cabe señalar que las positivas reacciones de los mercados ante las decisiones de estabilización financiera, demuestran tal vez el comienzo de una saludable disminución de la influencia excesiva de las clasificadoras, que han tenido por las cuerdas a varios gobiernos y al euro mismo, cuya última manifestación había sido las amenazas previas de Standard and Poors, cuyo índice, curiosamente, es ahora uno de los que más sube. Ya se ha hecho bastante caudal del hecho de que las clasificadoras contribuyan a las profecías autocumplidas, y luego cuando se revierten obtienen importantes beneficios.

Hasta aquí, todo bien. Pero añado una nota de preocupación en una perspectiva global y de largo plazo: la semana pasada, en paralelo al desarrollo de los ajustes previos a la Cumbre, el comisario de desarrollo de la Comisión Europea, Andris Piebalgs, hizo un anuncio sobre cooperación que significa excluir a once países latinoamericanos de los programas de ayuda al desarrollo a partir de 2014, si bien en estos casos se supone que se mantendría en parte la cooperación en ciencia y tecnología. Que al mismo tiempo que la UE avanza en su reforzamiento, se sacrifique su relación estratégica con América latina no se corresponde ni con sus propios intereses, de contar con aliados estratégicos naturales, ni con lo señalado por la Comisión Europea en su documento sobre “Europa y América Latina, una sociedad de actores globales” presentado a la Cumbre UE-ALC de Madrid el 2010, como una alianza de largo plazo, que buscaba fortalecer una América latina que le aporte masa crítica política y económica. Este cambio de postura sin duda impactará negativamente en la próxima cumbre eurolatinoamericana que debe realizarse en Chile, especialmente en momentos en que la UE requiere además, del apoyo de los organismos financieros internacionales, en los que Brasil y México -dos de los excluidos- ya van pisando fuerte.

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domingo, septiembre 25, 2011

¿Hacia dónde quiere ir Europa?

Este texto corresponde a la Introducción del libro “EUROPA FRENTE A EUROPA”, editado por el Programa de Estudios Europeos de la Universidad de Concepción (Chile), mayo de 2010

¿HACIA DÓNDE QUIERE IR EUROPA?

Héctor Casanueva

Director Ejecutivo del Centro Latinoamericano para las Relaciones con Europa (CELARE). Vicerrector de Investigación y Desarrollo de la Universidad Pedro de Valdivia (UPV)

No podemos dejar de pensar con el título de este libro en Alicia frente al espejo. Pero también podríamos pensar en ese diálogo de Alicia con el gato de Chesire:

Pregunta Alicia: “¿Qué camino debo seguir?

Contrapregunta el gato: “¿Hacia dónde quieres ir?”.

Dice ella: “No lo se en realidad”.

Sentencia el gato: “Entonces da lo mismo el camino”.

¿Sabe Europa hacia donde quiere ir?

Desde luego, sabe muy bien de donde viene, y por ello sabe muy bien hacia donde NO quiere ir, dada la experiencia de confrontación vivida con las dos últimas guerras mundiales, las más cercanas de la ex Yugoslavia o las aún latentes en la Federación Rusa post desmantelamiento de la Unión Soviética. La Europa-Alicia respondió bien en su momento a la pregunta sobre hacia donde quería ir: hacia una zona de paz. Y entonces el camino a seguir estaba claro: la integración. O a la inversa: quería ir hacia la integración, y el camino era la paz. Nuevamente, el espejo.

La paz y la cooperación han sido la base de la construcción de la Europa comunitaria, un proceso que ha eliminado prácticamente las hipótesis de conflicto entre estados dentro de sus fronteras.

Los Panzers y soldados alemanes desfilando en los campos Elíseos el 14 de julio de 1994 junto a las fuerzas armadas francesas, iniciativa conjunta de Kohl y Mitterrand -que por supuesto no fue unánimemente comprendida- significó todo un símbolo, muy oportuno además por el momento que vivía el proceso de integración, y puso de manifiesto de manera inequívoca la voluntad política de sepultar de una vez divisiones centenarias, pero sobretodo de que las personas quieren paz, que es la condición necesaria para el desarrollo.

Panzers en Les Champs Elysées después de cincuenta años, quién lo podía creer. Menos aún por estos lados, en nuestra región, cuando aún no restañamos las heridas ni dejamos de lado los agravios y viejos rencores de hace un siglo y medio.

La Unión Europea se ha ido haciendo a base de símbolos, de ideas-fuerza, de retórica, de liderazgos, de avances y retrocesos, de burocracias abultadas y profesionales creativos, de complementariedades y competencia, de compromisos e incomprensiones, de sinergias y fuerzas centrífugas contenidas, de gente que se desplaza, de inmigrantes que llegan a como de lugar, de alianzas transnacionales y guerra fría, de culpas y catarsis, todo ello a la vez, en un proceso extremadamente complejo, pero con una extraordinaria voluntad política y una simplicidad de fondo: la unión hace la fuerza, y la fuerza compartida, potenciada gracias a la cooperación, hace la integración, y la integración es, nuevamente, la paz.

Europa supo después de la segunda gran guerra adonde quería ir, y eligió el camino consecuente.

¿Sabe ahora hacia dónde quiere ir?

Europa frente a Europa, se mira al espejo y no sabe con certeza qué hay tras el espejo. Es que las certezas ya no existen, y el futuro no es lo que era.

Pero, sigamos con las referencias a cuentos que nos trasmiten sabiduría y sensatez: ya no se ven entre los árboles las orejas del lobo de la guerra, así que podemos jugar otra vez desaprensivamente, o sea, podemos por ejemplo poner en tensión la institucionalidad comunitaria expulsando a una etnia, los gitanos, no importa lo que diga el Consejo Europeo o la condena del Parlamento y de millones de ciudadanos conscientes. Podemos exacerbar la xenofobia y el racismo, y expulsar a los extranjeros. Podemos negar la realidad y bloquear las reformas que asegurarán la sostenibilidad de las pensiones. Podemos cerrar los ojos ante de la globalización y la creciente competitividad de China e India. También podemos ignorar a las demás culturas y religiones que están dentro y fuera de las fronteras. Podemos reinstalar la idea de la fortaleza europea para resolver los males que nos aquejan, que son culpa del empedrado externo. Podemos, en fin, olvidar de donde venimos, porque ya habríamos llegado.

Sin embargo no es así. Las enormes dificultades que tuvo la aprobación del Tratado de Lisboa, considerado por sus opositores como intervencionista o inútil, o las dos cosas, son demostrativas de que algo no funciona bien en el proceso de integración. Porque este Tratado, que pretende dar el impulso político y enmarcar institucionalmente una estrategia de largo plazo para la competitividad, el crecimiento y el empleo, marca un rumbo no suficientemente comprendido por los ciudadanos, y ni siquiera por muchos políticos. Tampoco por algunos de los nuevos países miembros, díscolos a la hora de darle su respaldo. Pero también es cierto que el Tratado y la estrategia de Lisboa no son suficientes para mostrar el punto de llegada, o sea, para mostrar hacia donde quiere ir Europa ahora, en este Siglo XXI de tantas incertidumbres y a la vez de tantas oportunidades. Tan es así, que en simultáneo con el lanzamiento de la estrategia y del Tratado mismo, hace unos años, el Consejo encargó al llamado exageradamente “Grupo de Sabios”, coordinado por Felipe González, que prefiere llamarlo “Grupo de Reflexión”, la elaboración de un documento sobre la Europa del futuro, que debía entregar luces sobre hacia donde se quiere ir y como. Por su parte la Comisión, presidida por Durao Barroso, inició un estudio sobre la Estrategia 2020 y otro, menos publicitado pero sin dudas de igual calado, sobre la situación de la seguridad social en el horizonte del 2060.

Los tres documentos son relevantes, y fueron presentados públicamente en el primer semestre de este año. Incluso, significativamente, el Informe sobre la Europa 2030 fue entregado al presidente Rompuy el mismo día en que se celebraban los sesenta años de la Declaración Schuman. Los tres documentos -a los que sumaría por su importancia estratégica la comunicación de la Comisión sobre la asociación con América latina como “actores globales”, ratificada en la VI Cumbre de Madrid, y la Resolución del Parlamento Europeo sobre las relaciones con América latina- son complementarios y revelan una voluntad política de la dirigencia europea y de la opinión ilustrada. Representan una toma de conciencia de lo que está en juego en el mundo, del terreno resbaladizo de la era global en el que a todos nos toca movernos hoy, de que los viejos paradigmas -y las viejas estructuras sociales, del estado, de la economía, de las comunicaciones- ya no sirven o sirven muy poco y solo en todo caso para construir a partir de ellos los nuevos paradigmas y el nuevo orden social a escala global.

Pero esta toma de conciencia, si bien es un paso, y las propuestas que de ella se derivan son un camino para fortalecer Europa, no es suficiente. Caracterizan autocríticamente la realidad, el entorno y proponen un camino. Pero subsiste la pregunta:

-¿Hacia dónde quieres ir?

El análisis de los documentos citados podría conducir a una respuesta: queremos ir hacia más Europa. Es decir, hacia una profundización de la integración, un reforzamiento de las instituciones, más ciudadanía y cultura europea, más sostenibilidad del Estado del Bienestar -Felipe González propone, acertadamente, cambiar el concepto por “sociedad del bienestar”, cambiando el eje de la responsabilidad hacia todos y no sólo hacia el ente llamado Estado- más cooperación, desarrollo y una paz permanente.

Más Europa significa también y fundamentalmente preservar los valores que dieron origen a lo que conocemos como cultura europea: los derechos humanos, la solidaridad, la cooperación internacional. Ello contrasta, sin embargo, con las conductas divergentes de muchos ciudadanos y políticos, porque no todos están entendiendo lo mismo. Unos consideran que más Europa se construye de puertas adentro, en oposición a un entorno que se percibe hostil y amenazante. Otros, como los autores de estos informes y muchos analistas, consideran que más Europa significa fortalecerse internamente abriéndose al entorno, situándose en él para asegurar que el nuevo orden mundial se construya con los valores europeos. Dicho de otro modo: la única forma de fortalecer a Europa es que la globalización adopte los valores europeos. Esto, que puede ser acusado, como antaño, de eurocentrista y a eso tendrán que responder sus líderes, tiene toda lógica: la permeabilidad de los sistemas políticos, económicos y de la propia cultura es una tónica de la era global. Construir la nueva Europa, o la Europa del futuro, o refundarla, como dice González, parapetados en las fronteras como si estuviéramos en el siglo XIX, cuando el siglo XXI ya nos trajo dos crisis globales y un fundamentalismo desafiante y agresivo, es insensato, y lo que corresponde a la Unión Europea es contribuir con su liderazgo conceptual y el desarrollo de su competitividad sistémica a la creación de un mundo nuevo, una comunidad global con una arquitectura institucional que garantice la gobernanza, la cooperación y una sociedad del bienestar global, para segurar su presente y su futuro.

¿Hacia donde quieres ir?

La respuesta parece ser, entonces, hacia un nuevo mundo -fundamentos para ello podemos encontrar en los artículos de este libro- y el camino sería el de las alianzas globales, como la propuesta en Madrid con América latina -hoy la región que mejor parada está ante las crisis sistémicas-; como la nueva alianza transatlántica que se propone con Estados Unidos; como la alianza euromediterranea; la cooperación con China; la convivencia cooperativa con Rusia. Pero el camino también pasa por el diálogo inter-religioso, abrirse a la interculturalidad e incluso, aunque resulte temerario plantearlo, a una redefinición de Europa sin olvidar las raíces y distintas visiones que han alimentado su identidad.

¿Qué falta para tener la respuesta completa y el compromiso de todos, como pide el Informe del 2030?

Faltan todavía los ciudadanos, ampliar los espacios de participación, intensificar la llegada a los hogares, a las escuelas, universidades, sindicatos, en una labor de sensibilización que es un imperativo para los líderes, un desafío de pedagogía social y política que falta acometer con más fuerza, para abrir las conciencias y las voluntades a la comprensión de que el futuro es global, y en esa construcción Europa debe participar en su propio interés y en el de la comunidad internacional.

En esta línea, “Europa frente a Europa” reúne aportes desde diferentes disciplinas y miradas, que convergen en lo central: en el desafío contemporáneo que se le presenta al continente, empezando por mirarse a sí misma en un espejo que no le devuelve la imagen de hace sesenta años y ni siquiera la actual, sino una imagen difusa que sólo es posible ver con claridad traspasándolo.

Santiago, septiembre de 2010


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martes, mayo 11, 2010

¿QUÉ PUEDE CELEBRAR EUROPA?

¿QUÉ PUEDE CELEBRAR EUROPA?
Héctor Casanueva
Director Ejecutivo del Centro Latinoamericano para las Relaciones con Europa (CELARE)

El Grupo de Reflexión sobre el Futuro de Europa, creado por la autoridad comunitaria en 2007, integrado por altas personalidades políticas y privadas, presidido por Felipe González, acaba de presentar su crítico y preocupante informe en Bruselas, justo cuando este 9 de mayo se celebra el “Día de Europa”. Recordemos que en esa fecha de 1950, el ministro francés Robert Schuman llamó a la creación de la comunidad del carbón y el acero entre Alemania y Francia, iniciando el camino hacia la Unión Europea. Sesenta años después la UE enfrenta una difícil coyuntura y un incierto porvenir. La tragedia griega, dudas sobre la solvencia de España, Portugal e Irlanda, fallas de gestión reveladas por la erupción del Eyjafjalla, desempleo, crisis de la seguridad social, incumplimiento de los parámetros de convergencia, pérdida de competitividad frente a Estados Unidos y el Asia, son situaciones que hacen crecer la desafección de los ciudadanos a la integración y alimentan el discurso de los euroescépticos.

En estas circunstancias, ¿qué puede celebrar Europa en este nuevo aniversario de la “Declaración Schuman”? Mucho, pese a todo. Primero, sesenta y cinco años de paz y el fin de la división del continente, frutos indudables de la integración, que fue creando un entramado de relaciones que hicieran imposible una conflagración como las dos últimas vividas, y condiciones objetivas para la caída de la cortina de hierro. ¿Qué más? La vigencia y extensión de los derechos humanos, y una efectiva protección a los ciudadanos tutelada por la institución del Defensor del Pueblo y amparada por órganos jurisdiccionales comunitarios que impiden o penalizan, de manera vinculante, cualquier arbitrariedad cometida desde el poder. También la diversidad cultural y trasmisión de conocimientos fomentada por programas como Erasmus, cuyo horizonte es de tres millones de estudiantes universitarios cursando estudios en otros países de Europa, o Leonardo da Vinci, con ochenta mil personas anuales haciendo prácticas en empresas de otro país. Desde la creación del mercado único, es notable la convergencia en los ingresos y el nivel de vida de los países menos desarrollados hacia la media europea, el crecimiento de la infraestructura física y digital, la reducción de la pobreza, las supercarreteras de la información, los derechos del consumidor, la movilidad laboral y el derecho de establecimiento, la protección comunitaria a la libre competencia, las sinergias para la investigación en ciencia y tecnología -uno de los frutos es el programa ESO, que acaba de asignar a Chile el mayor telescopio del mundo- y un largo listado de logros derivados de las ventajas de la integración. Desde luego hay más temas pendientes, y el informe del Grupo de Reflexión lo señala, como las migraciones y la ampliación de la Europa de los ciudadanos, y queda mucho por avanzar según la llamada Estrategia de Lisboa para la estabilidad, la competitividad y el empleo. Pero la acción comunitaria ante la última crisis financiera, y el rescate a Grecia con 150.000 millones de dólares, aceptadas las duras condiciones impuestas para vencer la reticencia alemana, señalan que la voluntad política común va por afianzar la integración y su principio básico: solidaridades concretas. Queda por abordar una profunda reforma estructural para profundizar el proceso, hacerlo más compatible con la nueva realidad del Siglo XXI sin abandonar los principios básicos que le dieron origen. Porque la evidencia demuestra que de todas maneras, gracias a la integración, la UE es la mayor potencia comercial del mundo, el mayor donante de ayuda al desarrollo y el mayor mercado occidental. Chile en buena hora esta asociado a la UE mediante un Tratado amplio que comprende cooperación, diálogo político y libre comercio, y que ahora se proyecta hacia América Latina. Asimismo, América latina desde hace 10 años avanza en la llamada asociación estratégica con la UE, traducida en una agenda amplia, que será sometida a revisión en pocos días más en la cumbre de los sesenta Jefes de Estado y de Gobierno de ambas regiones a efectuarse en Madrid. Si hubiera que sintetizar lo que la UE significa como proceso de integración exitoso, podríamos decir que se basa en tres pilares y un método. Los pilares: la democracia, el libre mercado, y una institucionalidad común. El método: la gradualidad, en pasos incrementales apoyados por una voluntad política comprometida con hacerlos irreversibles. Interesante para nosotros, que llevamos doscientos años de integración a medias.

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