viernes, mayo 27, 2011

SOBRE LA VISITA DE OBAMA A AMÉRICA LATINA

USA-AMÉRICA LATINA Y EL EJEMPLO DE EUROPA

Héctor Casanueva

La visita de Obama a América Latina motiva la reflexión en torno a las relaciones con Estados Unidos. La visita puede tener varias lecturas. La elección de los países a visitar también, especialmente con respecto a aquellos excluidos. ¿Por qué no Argentina, que pertenece al G-20 y es una de las tres economías más grandes de la región? Tema de análisis y elucubraciones. Pero Brasil, sin dudas, es destino obligado, es la séptima economía del mundo, ha sido un poco díscolo en temas sensibles para Estados Unidos, pretende sentarse de manera permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, y está inaugurando un nuevo gobierno del PT con matices favorables a una relación futura más convergente. El Salvador, una señal para restañar heridas dejadas por una de las intervenciones más groseras de Estados Unidos en la región, ahora en un proceso democrático y de crecimiento con un liderazgo sensato que hay que reafirmar. Y Chile, la estrella del sur, asociado con un TLC pionero, con un modelo de desarrollo exitoso, un soft power reconocido internacionalmente que hay que reforzar desde el Norte, elegido como ejemplo a seguir, con un gobierno de derechas todavía marcado en ciertos círculos por el pinochetismo irredento, y por ello Obama equilibrará las cosas reuniéndose también con tres ex presidentes de la Concertación.

¿Significa esta visita un nuevo enfoque en la relación de Estados Unidos con América Latina, que históricamente ha sido, por decir lo menos, compleja, muy heterogénea e irritante? Algo de ello creímos ver en Jamaica en la Cumbre de las Américas, al inaugurarse la administración Obama. Después no ha habido mucha carne, más allá de los discursos. Los personeros norteamericanos que explican las razones y alcances de la visita de Obama a la región, no pueden mostrar avances concretos que permitan sustentarla, y por ello hay un cierto excepticismo en los círculos políticos sobre los resultados. Por cierto los gobiernos anfitriones -especialmente el chileno- tratarán de magnificarla, y no se puede negar que el hecho mismo tiene mucha significación, pero no necesariamente toda la que esperamos.

Algunos analistas, como Moisés Naím, le dan importancia solo a la visita a Brasil, y los otros dos serían solo para completar. O sea, Chile y El Salvador serían los teloneros. Puede ser, pero ya hemos dicho que estos dos países tienen un peso interesante en la geopolítica regional vista desde Washington. También se dice que la visita solo es como “por no dejar”, para que no se diga que ha descuidado la región ante tanto conflicto e intereses superiores en otras latitudes. También puede ser, pero una América latina que crece más que nadie, que se ha ordenado, que es fuente de oportunidades a las inversiones, que se ha ajustado -hasta Chávez incluso- a ciertos parámetros homologables con el corpus del ideario occidental, y que está en la mira hace rato ya de China, es una región a la que hay que atender y dar importancia.

Así como la sabiduría popular nos dice que no hay enemigo chico, hoy por hoy tampoco hay amigo chico, en esta hipercomunicada e interdependiente globalización.

Pero para que esta visita -durante la cual Obama enviará un mensaje a la región desde Santiago (¿mensaje “urbi et orbi?), ya veremos qué trae de nuevo o de concreto- tenga proyecciones e inaugure una nueva etapa para sus relaciones con la región, como algunos más optimistas esperamos, podemos mencionar dos condiciones políticas: una, que depende solamente de nuestros países, es conseguir un consenso básico muy pragmático y equilibrado sobre como relacionarnos con los Estados Unidos, más allá de ideologismos, peso del pasado y coyunturas. No parece fácil, pero se debe insistir, y en ello la convergencia entre Brasil, Chile, México, Perú, Colombia, El Salvador, Panamá, Uruguay y otras naciones puede ser determinante. La otra condición, que depende de Estados Unidos, es que con sus políticas de acercamiento favorezca efectivamente el consenso regional que se requiere, y se allane a entenderse con la región en su conjunto, lo que no ha hecho históricamente, pues ha privilegiado en los hechos más bien unas relaciones bilaterales generadoras de divisiones y hasta enfrentamientos. Ello no significa dejar de lado la relación bilateral específica, pero en un contexto de relaciones integradoras y de cooperación multilateralizada. Y menciono para ello el ejemplo de la relación Europa-América Latina, que desde 1987, primero, e institucionalizadamente desde la Cumbre de Rio de 1999, funciona sobre unas bases consensuadas y evolutivas, de diálogo político, comercio y cooperación, en cuyo marco se han suscrito los acuerdos de asociación con Chile, México, Centroamérica, y se negocian con Perú, Colombia y el Mercosur, de manera que dichos tratados sean convergentes hacia una zona eurolatinoamericana de libre comercio, lo que sin dudas servirá de base a entendimientos mayores en cuanto al nuevo orden internacional y los desafíos globales. Para esa nueva forma de entendimiento, Chile puede y debe jugar un papel importante de articulador desde los organismos regionales de integración a los que pertenece.

Las situaciones históricas son diferentes, pero debemos situarnos en una perspectiva de futuro. Así, es posible pensar que con los Estados Unidos podemos tener una relación similar a la que tenemos con Europa, lo que además completaría la trilateral estratégica que muchos especialistas proponen.

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sábado, julio 03, 2010

A propósito de la Cumbre del G-20 en Toronto 2010

Gobernabilidad mundial: ¿dónde está el piloto?
Héctor Casanueva
(Publicado por el diario electrónico EL MOSTRADOR, Santiago de Chile, 2 de julio de 2010)
“Paren el mundo, que me quiero bajar”, gritaba Mafalda hace unos años desde su viñeta. “¿Dónde está el piloto?”, preguntaba una película de los ochenta ante el caos de un vuelo lleno de problemas y sin conducción. Cualquier parecido con la realidad siglo XXI es absolutamente deliberado, y nada mejor para darse cuenta de ello, que las recientes tres cumbres que han reunido prácticamente al ochenta por ciento del producto, de la población, del comercio y de la conducción política del mundo.
Primero fue la Cumbre de Madrid el mes pasado entre Europa y América Latina, con sesenta países que representan mil millones de personas, de dos continentes que están, uno en el primer mundo, y el otro en la clase media planetaria. Luego, en Toronto hace unos días, la Cumbre del G-8, o sea, la crème de la crème de todo. Y finalmente la Cumbre del G-20, o sea, el grupo de los ocho más los emergentes invitados a la mesa, algunos de estos no se sabe muy bien por qué.
Vamos viendo: en la Cumbre de Madrid, según comentamos hace unas semanas en estas mismas páginas, se produjeron importantes avances en la continuidad de la relación euro-latinoamericana, promisorios acuerdos de asociación y nuevos impulsos en materia comercial y de cooperación. Bien por eso. Y en materia política, vimos tal vez por primera vez un consenso completo y voluntarioso sobre la necesidad de actuar unidos ante la crisis, y sobretodo de abordar en conjunto la gobernabilidad global en las áreas esenciales: flujos financieros, cambio climático, sustentabilidad del desarrollo, amenazas a la seguridad internacional y personal.
No obstante, a poco andar, nos encontramos con que dicha voluntad no se ve plasmada en los hechos cuando es sometida a prueba. Algunos botones de muestra: pocos días después de la cita de Madrid, Zapatero, presidente de turno de la UE, desiste de viajar a Brasil al III Foro de la Alianza de las Civilizaciones -por él mismo promovido- tema clave para la gobernabilidad mundial. Razones internas relacionadas con la crisis económica explican la ausencia y se puede comprender, pero justamente las agendas nacionales urgentes postergan siempre las agendas globales, y ese será un boomerang que muy pronto regresará desde lo global. Otro botón: en el seno del G-20 no fue posible concordar entre los países de la UE y de América Latina sobre las medidas preventivas y paliativas ante la crisis financiera, volviendo entonces al expediente del sálvese quien pueda y las políticas nacionales.
Por su parte, la Cumbre del G-8 ha resultado del todo inútil, y todos los temas en definitiva regresan a las mesas nacionales o bilaterales. Según apunta Antonio Caño en El País, una ONG canadiense contabiliza 3 mil acuerdos del G-8 desde su creación hace 35 años, que no han tenido seguimiento ni verificación. Es lo que reclamaba Sarkozy en Madrid en la Cumbre UE-ALC, pero sin eco por lo visto. Y en cuanto al G-20, el principal motivo para reunirse, el de la gobernabilidad financiera, ha quedado descafeinado, no se resolvió el dilema (falso por lo demás) entre ajuste o crecimiento y el tratamiento de la reforma del sistema y del FMI es postergado a la próxima cita. Lo peor es que se siguen dejando a cada país las medidas, como si la economía de hoy se hubiera desglobalizado, cuando la crisis del 2008, la propia realidad de la UE y las recientes medidas de China no estuvieran gritando lo contrario.
Nuevamente la retórica supera a la voluntad política, y la acción actual, potencial y prospectiva deja mucho que desear comparada con la urgencia manifiesta de un liderazgo global que nos muestre una meta definida para esta nueva era de la humanidad, más allá de la coyuntura, un camino viable, un derrotero claro y una institucionalidad común que conduzca el proceso. Uno puede entender el desconcierto ante crisis que se han venido encima casi sin aviso, como la asiática, la de las hipotecas o la del euro. Pero de eso se trata la política, de saber enfrentar las crisis, anticiparlas y gobernarlas, para eso son elegidos los líderes, y para eso hay un cierto voto de confianza global en aquellos más connotados de las potencias centrales.
O sea, aquellos que están en el G-8 y el G-20.
De las tres crisis mencionadas, América Latina las ha sufrido, pero no las ha causado, y ha sabido manejarlas cada vez mejor. ¿Será posible que por segunda vez nuestra región salvará la globalización? (La primera, ya sabemos, fue gracias a la colonización y explotación europea de nuestras riquezas, que financiaron al viejo continente –y por tanto a la globalización occidental de entonces- por varios siglos) No es aventurado decirlo, porque junto a un responsable manejo fiscal, políticas sociales razonables y -pese a todo, estabilidad democrática como nunca antes- Latinoamérica cuenta además con los recursos naturales que el mundo necesita cada vez más y un territorio capaz de albergar y alimentar potencialmente a cuatro veces la población actual. Sólo nos falta un proyecto de integración moderno y competitivo, y para allá vamos, o deberíamos ir. Si nos atenemos a lo ocurrido esta semana en Toronto, el mundo estaría regresando al Siglo XIX: estados nacionales desvinculados, bilateralismo, proteccionismo, y ese es el escenario que debemos tratar de cambiar, desde nuestras ahora no tan modestas posibilidades. Por el momento, la única gobernabilidad mundial existente, efectiva y sin apelación, pertenece a la FIFA.

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